
El 95 % de los menores de 3 a 17 años utiliza algún dispositivo electrónico y el 92 % de sus madres y padres declara aplicar alguna estrategia para acompañar ese uso. Son dos datos del estudio Educación digital en la infancia y la adolescencia, publicado este martes 13 de octubre por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud con la colaboración y financiación de Netflix. La investigación examina cómo cambian los dispositivos por edad y qué formas de gestión familiar aparecen relacionadas con la experiencia digital y las valoraciones escolares.
El trabajo de campo se realizó entre el 22 de octubre y el 17 de noviembre de 2025 mediante una encuesta web a 1.500 progenitores residentes en España con hijos e hijas de entre 3 y 17 años. El muestreo fue no probabilístico y por cuotas. Cuando la persona encuestada tenía más de un hijo dentro de ese tramo, seleccionaba uno al azar. Por tanto, el informe recoge respuestas adultas sobre las prácticas de los menores, no entrevistas directas a niños y adolescentes ni registros escolares.
El teléfono móvil se generaliza al llegar a la adolescencia
El uso de dispositivos aumenta con la edad. El televisor es el aparato más extendido, con un 82 % de menores que lo utiliza. El móvil aparece en el 54 % del conjunto de la muestra, pero la diferencia entre grupos es amplia: lo usa el 23 % de los niños y niñas de 3 a 7 años, el 44 % de quienes tienen entre 8 y 12 y el 95 % de los adolescentes de 13 a 17. Entre estos últimos, el 93 % cuenta con un teléfono propio.
El entorno económico de la familia también se asocia a la forma de acceso. El 65 % de los menores de hogares de nivel socioeconómico bajo utiliza móvil, frente al 45 % de quienes pertenecen a hogares de nivel alto, una diferencia de 20 puntos porcentuales. El informe observa además más uso de dispositivos en espacios privados del hogar entre los menores de familias con menos recursos. Para interpretar el dato por edades conviene distinguirlo de la estadística del INE de 2025. El organismo situó en el 67,9 % el uso del teléfono móvil entre menores de 10 a 15 años, mientras que Fad recoge un 95 % entre adolescentes de 13 a 17. Las edades cubiertas no coinciden y el estudio de Fad se basa en respuestas de progenitores sobre menores de 3 a 17 años. Son universos y mediciones distintas, así que no deben leerse como una comparación directa. La diferencia no se limita a la disponibilidad de aparatos: el 24 % de los progenitores que se consideran muy competentes en el entorno digital afirma sentirse muy seguro al educar a sus hijos en este ámbito, frente al 9 % de quienes se atribuyen habilidades limitadas.
Las normas compartidas forman parte de la gestión
El 92 % de los progenitores afirma que aplica alguna estrategia para regular o acompañar el uso de pantallas. Las medidas más extendidas son limitar el tiempo, establecer en qué lugares se utilizan los dispositivos y pactar normas con los menores. El 49 % declara acordar esos límites con sus hijos e hijas, y el 45 % dice conversar con ellos sobre los riesgos de internet y las redes sociales, por ejemplo, el contacto con desconocidos o la protección de información personal.
La gestión también incluye supervisar actividades y aprovechar las herramientas disponibles en dispositivos y plataformas. El estudio registra que un 34 % de madres y padres controla la actividad digital de sus hijos, mediante prácticas como revisar el historial o los contactos, y que un 70 % utiliza funciones de control parental. En los servicios de vídeo bajo demanda, crear perfiles infantiles es la opción más habitual entre quienes recurren a esas funciones.
Los autores describen la gestión familiar como algo más amplio que limitar horas. En la encuesta, los menores de familias que aplican más estrategias también presentan más tiempo de pantalla, un dato que puede reflejar que las familias incrementan la supervisión cuando el uso crece. El estudio encuentra asociaciones entre una gestión más intensa y mejores valoraciones del rendimiento académico y las habilidades sociales, aunque advierte de que esas prácticas pueden coincidir con otras formas de acompañamiento familiar.
El tiempo total no explica por sí solo los resultados
Uno de los resultados centrales es que el tiempo global de uso de pantallas no mostró una relación estadísticamente significativa con la valoración académica de los menores ni con la facilidad para relacionarse con otras personas. Al analizar actividades concretas, sí aparecen asociaciones entre un uso más intensivo de plataformas de vídeo, redes sociales o servicios de mensajería y valoraciones menos favorables en algunos grupos de edad.
La investigación no demuestra que esas actividades causen peores resultados. Sus autores recuerdan que puede haber otros factores familiares y personales que expliquen las relaciones observadas. También señalan que el rendimiento académico y la facilidad para relacionarse se midieron a partir de la percepción de los progenitores, no de calificaciones o evaluaciones externas. La lectura de los datos, por tanto, requiere atender al tipo de uso, la edad y el contexto en que se realiza.
Qué pueden revisar las familias en casa
El informe no fija un límite diario único para todos los menores. Sus resultados apuntan a que las familias pueden empezar por acuerdos concretos y revisables: qué aplicaciones utilizan sus hijos, cuándo y dónde las consultan, con quién pueden contactar y qué contenidos son adecuados para su edad. Conviene incluir a niños y adolescentes en la conversación para que entiendan los motivos de cada norma y puedan plantear dudas.
La conversación puede adaptarse a cada etapa. Con los más pequeños, madres y padres pueden revisar juntos los contenidos y las recomendaciones de edad. Con los adolescentes, el estudio sitúa las redes sociales y la mensajería entre las actividades que menos suelen compartir con sus progenitores, por lo que hablar de contactos, privacidad y situaciones incómodas puede ayudar a mantener abierto el diálogo.
Las funciones de control parental y los perfiles infantiles sirven como apoyo para ajustar contenidos o supervisar ciertas actividades. El propio informe las presenta como parte de un proceso educativo que también requiere escucha, acompañamiento y coherencia en el ejemplo adulto. Una revisión breve de una aplicación o plataforma usada en casa, seguida de un acuerdo sobre su uso y una fecha para volver a hablarlo, ofrece un primer paso concreto que puede adaptarse a medida que el menor gana autonomía.